Hay figuras en la historia del toreo cuya grandeza no se mide por el número de alternativas ni por los carteles de feria, sino por la profundidad con la que amaron La Fiesta y la entrega con la que la sirvieron durante toda una vida. Alfonso Ordóñez Araujo es una de esas figuras. Nacido en Sevilla el 8 de noviembre de 1938, fue el menor de los hijos del legendario Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma, y el último de sus hermanos en pisar el albero. No fue el más famoso de los Ordóñez, pero sí el que más tiempo permaneció activo en el mundo del toro, y el que quizás entendió mejor que nadie lo que significa servir a La Fiesta sin pedir nada a cambio.
Crecer en la familia Ordóñez era crecer rodeado de toreros. Su padre, Cayetano Ordóñez el Niño de la Palma, es una de las figuras más míticas de la tauromaquia española del siglo XX, inmortalizado además por Ernest Hemingway. Sus hermanos mayores —Cayetano, Antonio, Juan y José Ordóñez— todos torearon, y todos dejaron huella. Alfonso Ordóñez debutó en público el 7 de octubre de 1954 en la Plaza Mayor de Colmenar de Oreja, junto a sus cuatro hermanos, en un festejo único en la historia de la tauromaquia: los cinco hijos del Niño de la Palma actuando juntos ante el mismo público. Un hecho que no se ha repetido ni se repetirá jamás en el mundo del toro. Ese debut marcó el inicio de una relación con el toreo que duraría casi cuatro décadas, aunque en un papel distinto al que muchos esperaban del menor de los Ordóñez.
El capote fue su aula y el ruedo su escuela durante casi cuarenta años. Alfonso Ordóñez conoció el toreo desde dentro, desde la posición privilegiada de quien está siempre presente pero nunca en el centro de la atención. Esa perspectiva le dio una comprensión del toro y de La Fiesta que pocos han alcanzado. Su afirmación de que «el mejor capotazo es el que no se da» resume una filosofía taurina de una profundidad que va mucho más allá de la técnica. Tras retirarse de los ruedos, puso ese conocimiento al servicio de la Real Maestranza de Sevilla como asesor, un cargo que ocupó con la misma humildad y el mismo rigor que habían definido toda su trayectoria.
La historia de Alfonso Ordóñez es también la historia de una época del toreo que ya no volverá. Una época en que las cuadrillas eran el alma del espectáculo, en que el banderillero era un artista en sí mismo y no solo un auxiliar del matador, en que el toreo se entendía como una labor colectiva donde cada miembro de la cuadrilla aportaba su propia firma. Alfonso Ordóñez Araujo, fallecido en abril de 2025 y ligado hasta el final a la Hermandad del Baratillo de Sevilla, es parte esencial de ese patrimonio.
La memoria de Alfonso Ordóñez nos devuelve a lo esencial del toreo: el arte, la verdad y la entrega sin reservas. Un hombre que pudo vivir de la fama de su apellido y eligió ganarse el respeto del toro y del público con sus propias manos, tarde tras tarde, durante treinta y un años de banderillero. Eso, en el mundo del toro, vale más que cualquier título.
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